Miedos y Fobias en la Adolescencia

Nuestro hijo ya se ha convertido en un hombrecito o mujercita, ya ha dejado la infancia, su aspecto, alguna de sus actitudes, sus acciones, comienzan a ser “más adultas”. Este hecho, a los padres, por una parte les tranquiliza, pero también se inician nuevos retos y situaciones que vuelven a poner a prueba la capacidad de cada uno de nosotros de reinventarse para ir trasmitiendo las normas de forma adecuada…

Sin duda, la adolescencia es una etapa llena de novedades y cambios, pero hay un hecho que provoca que nuestro hijo adolescente se continúe comportando como un niño en plena infancia, es un hecho que nos iguala a todos, adultos, niños, adolescentes, padres o hijos reaccionamos de forma muy similar ante una situación que nos provoca miedo.

Tal y como ocurre durante la primera y la segunda infancia hay que diferenciar entre miedo (reacción de alarma que mostramos para afrontar las situaciones amenazantes o peligrosas) y fobia (misma reacción de alarma que en el miedo pero ante situaciones que no son amenazantes o peligrosas); el miedo es una reacción normal que todo el mundo sentimos y que es evolutiva y positiva.

Pero las fobias son reacciones exageradas acompañadas de mucha ansiedad que nos paralizan y provocan un malestar y una imposibilidad de llevar a cabo una vida normalizada.

Cuando llega la adolescencia, aún se mantienen algunos de los miedos que existían en las dos etapas anteriores, pero en general estos miedos evolucionan y aparecen algunos nuevos; estos nuevos miedos son miedo a la muerte, miedos relacionados con el aspecto físico, con la autoidentidad, con el rendimiento personal y miedos sexuales. Y por supuesto, los miedos a las relaciones sociales a los que dedicaremos un artículo específico.

Son nuevos miedos relacionados muy estrechamente con la etapa que los adolescentes están viviendo. Cambios hormonales, situaciones nuevas de evaluación en los institutos, cambios corporales, cambios en los tipos de relaciones con los iguales y alta diferenciación entre chicos y chicas.

Durante la adolescencia a los menores se les exige un mayor nivel de competencia, tanto en el instituto, como en casa, como en las relaciones. Alguno de estos jóvenes son capaces de ir adaptándose a estos cambios y consiguiendo un nivel adecuado de competencia y a pesar de seguir sintiendo estos miedos, es capaz de manejar esta reacción de alarma y buscar dentro de su repertorio de habilidades la manera de sobreponerse.

Si por el contrario, este mismo joven no es capaz de encontrar dentro de su repertorio de habilidades, aquellas que le puedan ayudar a sobreponerse, nos encontramos ante dos situaciones diferentes.

La primera de estas situaciones es que el menor se encuentre inmerso en un contexto seguro, un contexto familiar que le apoya, un equipo educativo que se muestra accesible y un grupo de amigos, que a pesar de sentir los mismos miedos, es capaz de apoyar a su igual, no juzgarle, por el contrario apoyarle en la situación que está vivendo. Si el menor se encuentra en esta situación, será capaz, junto  con el apoyo de la personas que le rodean, de su contexto de adquirir nuevas habilidades que le ayuden a sobreponerse a la situación que puede resultar amenanzante.

Si por el contrario, el contexto en el que se encuentra el menor no es el que acabamos de describir, podríamos encontrarnos ante una situación en la que el menor se sentiría sobrepasado y podría instaurarse un miedo mayor y permanente.

Es en estos casos en los que debemos estar muy antentos como padres para ofrecer un apoyo mayor a nuestro hijo y poder acompañarle a un profesional que le pueda ayudar a adquirir las habilidades necesarias.

Signos de alerta

– Cambio exagerado en el rendimiento académico del menor durante más de un trimestre.

Comportamientos de riesgo en sus actividades de ocio y relaciones sociales.

Timidez excesiva en las interacciones con iguales o con adultos.

Desafíos extremos de forma constante y permanente a las figuras de autoridad.

– Cambios en la alimentación; disminución o aumento exagerado de la ingesta de alimentos.

Si observamos alguno o varios de estos signos en nuestro hijo adolescente, debemos mostrarnos cercanos a él, accesibles y poder acompañarle durante su proceso y por supuesto acudir a un profesional que nos pueda orientar en estas situaciones.

Alejandra F. Aladro

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